Al principio yo iba a escribir este proyecto final sobre la moda de Buenos Aires. Toda la gente en esta ciudad son muy de moda, con su ropa negra, sus tacones, sus rastas, estos pantalones de MC Hammer, etc. De hecho, yo estaba muy emocionada para escribir sobre este fenómeno. No obstante, hace cincos minutos, algunos segundos antes de empezar a escribir, mi departamento perdió la electricidad. En este momento, me di cuenta de que no puedo escribir sobre la moda porque, en vez, me siento obligada escribir sobre la falta de funcionamiento de muchos sistemas en este ciudad, una ciudad que en serio me encanta a pesar de estos fracasos. No es sólo mi electricidad, sino también el sistema del correo internacional, los taxistas, etc. A veces, la vida argentina se llega a ser un quilombo por el fracaso de estos sistemas.
No es la primera vez que yo perdí la electricidad. En mi departamento viejo en Recoleta, la perdimos algunas veces sin razón. Ahora tengo mucho miedo que voy a atascarme en el ascensor algún día cuando la electricidad se va por casualidad. Por lo menos, yo nunca estuve adentro de uno en esta situación, pero he oído a algunas pobres personas en mi departamento viejo gritando para ayuda porque estaban adentro. Por eso, tengo miedo.
Hace algunos días, tuvimos una tormenta de lluvia y viento. El agua llenó las calles y mi viaje en colectivo tomó una hora más que normal. Después de bajar, me di cuenta que ninguna tienda ni departamento tenía luz. Sin embargo, no hice una conexión entre la tormenta y la perdida de electricidad hasta que entré en mi propia casa y no podía ver nada. El chico con quien vivo estaba gritando que “¿Dónde vivimos? ¿Estamos en África? ¡Llueve por dos segundos y ahora no tenemos luz, teléfono, ni Internet!” Creo que yo no haría una conexión entre Palermo Chico y un pueblo pobre de África como él, pero todavía yo podía entender su frustración, especialmente porque ya había parado llover horas antes.
Ahora, estoy sentándome en la oscuridad en una mesa. La batería de mi computadora va a morir pronto y probablemente yo no podré terminar este trabajo final esta noche como fue mi plan. Yo ya mandé una mensaje a mi compañero de casa sobre la situación, la que es que nuestro departamento no tiene electricidad pero todos los demás en nuestro edificio si la tienen. Aún nuestro corredor tiene electricidad. No lo entiendo. Él me dijo que debo buscar el interruptor en la cocina. Por fin lo encontré, creo, y dice “emergencia” por todos lados. Hay otras palabras también que yo no conozco y mi diccionario tampoco las tiene. Perfecto. ¿Estoy en una emergencia? ¿Debo cambiarlo desde “no” hasta “sí”? Qué decisión. Después de una hora en la oscuridad escribiendo este trabajo, decidí correr el riesgo de electrocutarme o de estallar el edificio. Cambié el interruptor a “sí,” y mírame, ¡tengo luz! En serio, todavía no entiendo porque la luz se apagó totalmente en primer lugar. Obviamente yo no cambié el interruptor. Quizás esta instancia no es un fracaso de un sistema argentino, sino mi ignorancia sobre el sistema general de electricidad.
La última situación, la que por fin se arregló, no es un ejemplo muy fuerte de los problemas sistemáticas que ocurren en Buenos Aires. Sería mejor hablar sobre el correo nacional e internacional. En las oficinas de correos de Buenos Aires, por lo menos en las que yo he ido, siempre hay una cola muy grande. Me parece que éste es cómo funcionan muchos lugares, como bancos también: hay que sacar un numero y esperar mucho tiempo hasta que lo llamaran. Depende del lugar y la cola, pero se puede esperar mucho tiempo solamente para mandar una carta.
Aún peor del correo nacional es el correo internacional, la aduana. Mi madre me mandó un paquete una vez. Tomó casi un mes para llegar acá aunque ella lo mandó con prioridad, pero por lo menos llegó. Cuando fui al lugar en Retiro para conseguirlo, entró en una sala, saqué mi número, y me senté esperando. Media hora después, me llamaron. Recibí otro número después de que entregué mi forma con todos mis datos. Pasé por otra sala y otra vez me senté esperando. Quiero notar que es casi imposible entender los hombres que llaman los números porque hablan muy rápidos y bajitos. Esta situación podría hacerse un problema porque me imagino que muchos extranjeros van a la aduana que no pueden entenderlos. Nerviosa, yo escuchaba muy atentamente. Yo escuchaba por más de dos horas y no me llamaron. Por fin, uno de los hombres me llamó. Pasé por otra sala donde un hombre abrió mi paquete. Dos minutos después, tuve mi paquete. Es un proceso tan grande y por eso no podés decidir en cualquier momento que vas a conseguir tu correo internacional. Tenés que planear en avance y dejar un día completamente libre porque es imposible saber cuanto tiempo el proceso iré a tomar.
Por lo menos no tomé un taxi al correo internacional cuando fui. Esto hubiera hecho mi día aún peor porque hay tantos taxistas truchosos. Inmediatamente ellos siempre se dan cuenta que soy extranjera. Es bien obvio y no puedo culparlos. No obstante, mi nacionalidad no me debe hacer vulnerable. Aunque soy de los Estados Unidos, ni quiero ni puedo pagarles un montón de plata. En general, no es justo que el precio sube tan rápidamente y creo que nadie quiere manejar por todo el mundo antes de llegar a sus destino.
Un fin de semana yo tuve la peor experiencia con taxistas y desde este momento, trato de no tomarlos nunca. Yo iba a ir al boliche Pachá para un cumple. Estaba lloviendo entonces tomé un taxi desde Del Libertador. El taxista tenía un GPS entonces me parecía muy legitimo como un conductor. ¡Qué error! Aún con el GPS, el nombre de un boliche muy popular, y la dirección especifica, mi taxista no sabía cómo llegar a Pachá. Por lo tanto, me dejó en un lugar más o menos cerca del Pachá y me dijo, “Debe ser uno de estos boliches. Hay tres acá y Pachá es uno.” El problema fue que yo ya había ido a Pachá y supe que este lugar no era correcto. No obstante, yo le expliqué al taxista que aunque él me iba a dejar en el lugar incorrecto, yo iba a bajar porque yo no quería seguir con un taxista que no sabe dónde ir. Entonces, encontré otro taxi muy fácilmente en este lugar con tres boliches. Él me condujo hasta Pachá pero me cargó casi quince pesos por una vuelta de tres minutos. Yo no le dije nada porque por fin yo había llegado a Pachá. La noche después, salí y tomé un taxi al final de la noche para regresar a mis casa. Mi taxista me robó en serio. Yo le pagué con un billete de cincuenta para una vuelta de veinte pesos y me dijo que no tenía cambio. Me dio dos opciones, uno fue que él podía ir a un kiosco para buscar cambio y después regresar a mi departamento para devolvérmelo. Opción dos fue que yo podía ir con él a buscar cambio pero él tendría que cargarme más. Obviamente, las dos opciones no me parecían muy seguras ni buenas. Entonces yo empecé a pelear con él y exigí que me devolviera mi dinero. En vez, el taxista me dijo que “Bueno, vamos juntos a buscarlo” y empezó a manejar. En la próxima esquina me escapó y el taxista escapó con mi billete de cincuenta.
Hay varios otros sistemas que no funcionan perfectamente en Buenos Aires, pero en realidad, instancias como éstas ocurren por todos los lados del mundo. Lo que me hizo escribir este trabajo tan negativo fue la falta de mi electricidad. En ese momento me sentía muy frustrada que no había una explicación para esa. No obstante, sobre todo, yo todavía creo que es la verdad que los fracasos de estos sistemas son muy pertinentes a la cultura argentina.
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